Supongo, estimado lector, que a estas alturas no desvelo ningún gran secreto si le digo que el verano está a la vuelta de la esquina, y que con él llegan las tan esperadas vacaciones; una época en la que cada uno trata de pasarlo lo mejor posible, viajando por la geografía española o por el extranjero, como hacen unos pocos, practicando turismo rural o yendo a la montaña como hacen otros, quedándose en casa —que a veces es donde mejor se está —, y sobre todo yendo a la playa, como hacen todos los demás, que son un montón.
¡La playa! ¡El sueño de muchos! El que más y el que menos tiene en su mente la imagen de la mar azul, la brillante arena, la sombra de una palmera, y una buena compañía. Y es que la palabra «playa» para muchos suena como llamada de la selva o música celestial.
La playa ha inspirado novelas, ha encendido amores, desata fantasías, es protagonista de aventuras, e inspira música y canciones. ¿Ha encontrado usted algo más pegadizo que el sonsonete y las estrofas de una de esas canciones que ha logrado el salto a la fama y se ha convertido en «la canción del verano»?; una de esas canciones que se cuela en nueceros cerebros y la tarareamos sin darnos cuenta, hasta que alguien nos mira con cara de juerga porque mientras esperamos el autobús decimos entre dientes algo como: «Coge tu sombrero y póntelo/Vamos a la playa, calienta el sol/Chiribiribí taratatá/. . .», etcétera.
La playa también ha servido de inspiración para crear sellos de correos, en los que la mar, el cielo y la arena se juntan, y se mezclan con las imágenes típicas y tópicas del verano para presentarnos escenas muy conocidas y siempre refrescantes. No creo que haya ningún país que no haya dedicado sellos a las playas. Todos los emisores de sellos en algún momento toman las playas como sus temas filatélicos con los más varia-dos motivos: puede tratarse de un reclamo turístico; puede ser un acontecimiento social; a lo mejor es un encuentro deportivo o una actividad cultural; quizá sea una referencia a un espacio protegido; o puede que simplemente se trate de reproducir una imagen acorde con la estación: con el verano. Sea por el motivo que sea, nunca faltan emisiones de sellos dedicados a la playa, y como muestras valen los que acompañan esta crónica.
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Si nos metemos a definir la playa en plan científico, podemos decir que es una forma geológica consistente en la acumulación de sedimentos producidos por el efecto local de las olas, las corrientes y las mareas. Aunque para los menos científicos, la playa es simplemente el paraíso del agua, la arena, la sombrilla, los rotundos cuerpos morenos, las chancletas, el chiringuito y la música pachanguera obsérvese que no he citado el traje de baño, ya que no es imprescindible y, según en qué sitios, puede incluso estar vetado.
La verdad es que el asunto de la playa tiene todo un ritual y encierra un gran encanto, a veces con cierto sabor agridulce, empezado por la caravana de salida —¡toma horas de carretera!— y terminando por la de regreso —¡más horas de volante!—. En el intermedio están los paseos por la arena, los saludos, los baños, el tinto de verano, el crucigrama… Y hay momentos realmente interesantes, como cuando llega un dominguero que se pone a nuestro lado, con sonrisa de complicidad retira una esquina de nuestra toalla para poner su sombrilla, acto seguido enciende la barbacoa de bolsillo, pone a tope el transistor y suelta a los niños armados de pala y cubo para que repartan arena por si no está bien repartida.
De cualquier manera, nos solemos dejar llevar por el embrujo de la playa, por el hechizo de sus grandes horizontes, por el frescor de su brisa y por el bullicio de su gente. Dicen que el español vive de espaldas al mar, pero yo creo que eso no es verdad. Al menos no lo es en muchos casos, que son los de los que van a plantar sus sillas y sombrillas en primera línea de playa a las seis de la mañana, y no les importa jugarse la vida esquivando los tractores que limpian la arena con tal de tener un buen sitio donde sentarse a las nueve de la mañana, y permanecer allí, de frente al mar —que no de espaldas—, hasta que a eso de las tres de la tarde su organismo les diga que hay que ir a comer.
A propósito de esto de las playas, habrán visto que en los últimos años se han puesto de moda las banderas azules; esas banderas que da la Comunidad Europea a modo de seguro de vida o algo parecido, que dicen que allí hay salvavidas, atenciones a los que se puedan lastimar, socorristas en el agua, duchas y aseos en la arena, y todas esas cosas que ayudan a hacer un poco más agradable la vida del esforzado turista. Esas banderas también dicen que en la playa de turno no hay otras cosas indeseables, como pueden ser ácidos o derivados del petróleo que nos puedan adornar la piel, o microorganismos que nos puedan perjudicar la salud.
Ahora hay una especie de competencia entre las tierras costeras, que bajo mi punto de vista es muy bien venida; se trata de ver qué comunidad, región, provincia, comarca o localidad tiene más banderas azules, cuántas mantiene del año anterior y cuántas nuevas acaba de con seguir. Y eso está bien, ya que, si no cuidamos las playas, si no respetamos sus dunas, si dejamos que su arena se cubra de chapapote, si alteramos su geología con obras muy agresivas, ¿a dónde vamos a ir a tomar el sol el día de mañana? O !o que es peor, para los que amamos el paisaje, ¿Qué puede sustituir la bella imagen de una playa en un amanecer soleado? Y a los que nos gustan los sellos de correos, ¿qué otro motivo más representativo del verano puede sustituir a una playa?
Claro que hay quien dice que si no ponemos remedio a lo del cambio climático la temperatura va a subir más de lo deseado, los hielos de los polos se van a derretir, el nivel del mar se va a elevar y las playas van a desaparecer. En ese caso, me temo que los sellos de correos no tendrán mucho que hacer con la temática que aquí estamos comentando.
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De todas formas, querido lector, si ha llegado hasta aquí —que ya tiene mérito—, permítame que le dé un consejo: relájese con la contemplación de estos sellos y pase unas buenas vacaciones, vaya a donde vaya. Y cuando esté de regreso en su trabajo, por favor, no sea víctima del trauma posvacacional; sea positivo, rememore los buenos recuerdos de las vacaciones que acaba de dejar atrás, disfrute con el siguiente numero de esta REVISTA GENERAL DE MARINA, y piense que las Navidades están en puertas. Que el que no se consuela es porque no quiere.
Por Marcelino GONZÁLEZ FERNÁNDEZ

Publicado en le sección «La Mar en la Filatelia» del numero de Mayo de 2007 de la
Revista General de Marina



